“¡Llevo tu luz y tu aroma en mi piel y el cuatro en el corazón!” A mí cánteme un Galerón o un Polo de esos que llegan al alma. Como aquel que dice “No me digan que cante que no puedo”, cantos que ya me alegraban cuando apenas decía mamá, por haber nacido en la isla mas hermosa del planeta, Margarita.

Nombrar aquí tantas canciones o cantantes sería imposible, no me alcanzarían, ni el tiempo, ni las palabras, pero todas nos hacen sentir y decir “Ay, qué orgulloso me siento de ser Venezolano”, como encontrando paz y reposo en el amor a la patria que, más que ser el nido de nuestra historia, debería ser el refugio de nuestra estirpe. ¿Qué significa amar la patria? ¿Formar parte de un país? ¿Extrañarlo cuando no estamos y amarlo cuando estamos ahí? ¿Cuál es la naturaleza de ese amor que nos une al suelo, a la tierra, al aire y a las aguas, que nos pone en consonancia con su naturaleza? En los versos de tantas canciones, el amor a la patria se explica como un sentimiento innato, como un amor que conocemos desde niños sin que podamos explicarlo. La trova también nos muestra que ese amor se despierta con la evocación: recordar la patria es sentirla, amarla y acordarse de que uno la lleva en el alma.

Sin embargo, para mí ese amor va mucho más allá de los sentimientos inexplicables o de las evocaciones que encienden un fuego abrasador. El amor a la patria, a mi modo de ver, no es más que consonancia y empatía. Por un lado, es inevitable sentirse unido a Venezuela cuando vemos sus paisajes por las carreteras, cuando escuchamos su música, cuando respiramos su aire en la cima de las serranías Merideñas, las costas del Oriente, la selva de Guayana, o en el calor Zuliano. Es como si estuviéramos en consonancia con la tierra, como si hubiera algo de nosotros en ella y de ella en nosotros.

Creo que todos los venezolanos podemos sentirnos identificados con este sentimiento, pero también creo que muchos fallan en sentir y en poner en práctica el otro término: la empatía. Amar a la  patria no solo es amar su suelo. Amar la patria es amar su gente. Venezuela, desde el inicio de sus tiempos, ha sido un país diverso: etnias, posturas políticas, clases sociales, divergencias regionales (Los Gochos, Los Maracuchos, Los que somos Ñeros, Los Orientales) .Todo eso nos ha permitido ser un país único, sin el infierno de las guerras y la violencia a las que nos han querido llevar en los últimos tiempos.

A pesar de la coyuntura histórica que está viviendo Venezuela en este momento, el eco de esta separación y de esta enemistad entre nosotros, a la que nos han llevado, no puede seguir teniendo impulsores; no podemos seguir alimentando odios personales, no permitamos que la ambición de algunos pocos nos siga llevando por un despeñadero. ¿Por qué no somos capaces de construir un país en el que el amor a la patria también se exprese en la unión y en la consonancia con nuestra gente? La diversidad no es un impedimento para sentirnos todos en la misma página, pero desafortunadamente así lo han logrado algunos hasta ahora por sus ansias de poder, y aun en lo que se supone deberían ser tiempos de paz por este virus silente que nos acecha y nos acaba, nuestra empatía todavía está en ascuas.

Hoy en día ser venezolano se ha vuelto sentirse orgulloso de ser un sobreviviente: Sobrevivir a los abusos del Gobierno, a la violencia de los otros, a la opresión de la pobreza y, además, agradecer por ello. Sentirnos orgullosos de algo que nos hace sufrir se ha vuelto la regla y agradecer por lo poco que se tiene, la costumbre más común. Lo peor de todo es que cuando escuchamos los retoques de un Joropo, un Galerón o una Gaita, u observamos la belleza de nuestras playas, nuestros ríos, nuestras montañas o médanos, recordamos y evocamos con nostalgia, como diciendo “qué bella es Venezuela, lástima por todo lo demás”. Ojalá pronto desempañemos nuestro amor por la tierra de esta melancolía y podamos, por fin, recuperar, LA PATRIA PERDIDA.

Valor y pa’lante

Marco Antonio Villarroel Fermín

Secretario Político Nacional

Soluciones para Venezuela