Estoy convencido que no somos un país mediocre, ni una nación plagada de vándalos y delincuentes. Me niego y siempre me negaré a creer eso. Como dice aquel refrán popular. “No pueden pagar justos por pecadores”.


Lo que si somos es un pueblo que en medio de sus contradicciones, sus vicisitudes y su grandeza, está en la búsqueda de un cambio que lo lleve a una nueva vida política democrática y en la búsqueda de una organización económica y social moderna que nos permita dignificar lo mas valioso que tenemos, nuestra gente. Ese es nuestro norte: alcanzar una mejor calidad de vida para nuestro pueblo.


Pero las transformaciones no llegan solas, ni milagrosamente. Si en realidad queremos alcanzar lo deseado, que no es más que la transformación en el modo de vida, debemos comenzar por redimir a la inmensa mayoria de venezolanos oprimidos por la miseria y el hambre. Eso requiere del compromiso y el sacrificio de todos, porque sin esfuerzo ningún pueblo ha logrado progresar y vivir en paz.


Necesitamos reconciliarnos para ponernos de acuerdo en lo que debemos hacer para conseguir los grandes propósitos nacionales, sin inmediatismo,sin improvisación, sin flojera, sin anarquía. Los problemas del país no los va a resolver una sola persona, ni se van a resolver en un solo período de gobierno, ni un solo partido. Es la nación entera que los va a resolver y para eso nuestra ambición debe estar centrada en unificar nuestra nación para conseguir una paz auténtica y perdurable que genere el ánimo y las condiciones para la reorganización del país. A ello debemos comprometernos.